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Obra:

Muerte en un Cabaret.


En un monasterio en el corazón de los Pirineos. Noviembre de 1995.

Siete hombres estaban sentados en la mesa redonda que ocupaba el centro de la sala capitular. En el exterior, el viento gélido ululaba por la llanura cortando como un cuchillo la noche negra sin luna. Los siete hombres, vestidos con el hábito de la Orden de las Siete Estrellas, estaban celebrando su reunión anual según marcaba la tradición de la Orden.

La isla de los pelicanos.


Pretendo contar aquí una historia que, si he de ser sincero conmigo mismo, no puedo aspirar a que sea creída por ninguno de los sufridos lectores, que en el asiento de un autobús, en algún lugar de esas carreteras mundanas, en la sala de un aeropuerto, en una estación de ferrocarril, o instalados cómodamente en el sillón de su casa bajo una cálida luz irradiada por una lámpara de cristales multicolores, amorosamente colocada junto a un café con leche sobre una mesa camilla vestida con faldas de fieltro verde, tengan la admirable paciencia de leer hasta el final.

El agua que no moja las manos.


Oasis de Baharia. Egipto. África. 1680 Anno Domini

Corre la primavera de 1680 de la era del Señor. Y aquí, en medio de este mar de arena agitado a veces por el siroco, siento la necesidad de dejar en este mundo como herencia la única propiedad que tengo: la historia de mi vida; si es que resulta legítimo considerar la historia de la vida de uno como propia. En el oasis de Baharia, en el desierto egipcio, no muy lejos del Cairo, tomo papel y pluma y comienzo a escribir algo que ni siquiera yo sé lo que quiero que sea. Tal vez, sólo una reflexión escrita.

El último ladrón (Obra completa)


Amo, por alguna razón, el sonido del chapaleo del agua sobre la pileta octogonal, toda cubierta por pequeños mosaicos blanquiazules. El bajo murete de ocho lados (no más de cincuenta centímetros de alto) forma un estanque donde nadan algunos peces de colores. Muchas veces me he sentado en él a contemplarlos...

La red del pescador.


La menuda gravilla que alfombraba las pulcras calles que corrían entre las hileras de nichos del cementerio de Torrero, crujía bajo las ruedas de doble ancho del largo mercedes negro de la funeraria El Último Suspiro. El coche fúnebre rodaba lentamente encabezando el cortejo. Dos frondosas coronas, incluidas en el precio del entierro, iban colgadas de los flancos; las cintas moradas con letras de color oro aseguraban creer en la vida eterna....